El coche BMW Z4 negro que parecía haber salido del sueño del más obsesivo coleccionista de autos dobló la esquina dejando que el sonido de las llantas se escuchara fuertemente y aumentó su velocidad a unos 160 km de velocidad dejando atrás a cualquier vehículo que siquiera intentase comparársele.
El día parecía ser perfecto, el sol brillaba en un perfecto momento casi invernal y el viento que soplaba sobre las calles pavimentadas de la gran ciudad no era el suficiente como para causar frío, cosa rara en esa epoca del año.
Todo podría parecer perfecto, pero nada lo era en verdad para Lucas Foreman, el empresario más joven y rico de toda la costa oeste de Estados Unidos. Su vida era reinada por el dinero, las finanzas, las cosas materiales y el poder que poseía para que todo en su vida fuera a su antojo y capricho. Tenía veintisiete años, un rostro perfecto, una inteligencia envidiable y un sentido común para los negocios que en verdad hacía brotar el rencor de aquellos que debieron de vivir sus propias experiencias para tomar decisiones acertadas. Nunca se equivocaba, pero a su vez nunca nadie se animaría a remarcarle un error si éste fuese cometido. Sus único verdadero amigo era aquel que lo había acompañado durante toda su secundaria, Stan, y su única familia su padre; un viejo excéntrico que sólo pensaba en cómo hacer más dinero.
En todos los años que llevaba Lucas viviendo en éste mundo, él aprendió cosas completamente necesarias para su propia supervivencia; primero y principal: no creer en nadie que fingiera quererlo, a excepción de que fuese Stan. Segundo: implantar autoridad y utilizar su poder para que todo saliese como él quería. Y tercero: jamás sentir amor por ningún par de piernas que se escondieran debajo de una pollera, porque eso significaría una cosa: haberse enamorado de una mujer que lo único que buscaba era hacerse de su propia fortuna.
La vida había sido más o menos sencilla para Lucas hasta ese momento. Mujeres, fiestas, autos, dinero, comodidades y falta de autoridad habían sido los elementos que componían su felicidad. A su vez, la frialdad y el interés habían sido siempre moneda corriente en su billetera y jamás había depositado confianza verdaderamente en alguien que no fuera Stan. Ese chico, que ahora se había convertido en un hombre profesional, un abogado infalible y un amigo de los que no se encuentran en ningún lado hoy en día. Él era el único que sabía cómo frenar a Lucas si éste perdía la paciencia o que sabía qué decirle cuando éste se encontraba desesperado. Stan era un tipo común, que había terminado sus estudios y que se encontraba ejerciendo desde hacía año y medio. Tenía sus ingresos y su propio estilo de vida. Pero aún así, rondaba el mundo de Lucas. Jamás se separaron desde el mismo momento en que se conocieron y fueron cómplices en las travesuras más extremas que la mente del audaz Lucas pudiera haber maquinado.
Pero algunas cosas habían cambiado desde esos años de adolescencia, Stan estaba comprometido a Alice, una chica de veinticinco años recién graduada de quinesióloga. Vivían juntos y estaban comprometidos. Así que eso había sido el cierre total a aquellos años de compañerismo y parrandas. Stan había dicho adiós a toda esa diversión por amor, y había comenzado su vida económicamente de cero, al lado de la mujer que le había robado el corazón.
Lucas lo había aceptado para bien, entendía perfectamente el deseo de Stan de estar con la mujer de su vida y buscar la felicidad aunque eso no quería decir que él desease eso para su propia vida. No, no señores, aún no había nacido la mujer capaz de hacerle sentar cabeza.








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